Neuroplasticidad

Nuestro viaje perceptivo desde que nacemos hasta que cumplimos 6 años

¿Cómo evoluciona nuestra capacidad de percibir el mundo que nos acoge?

Cuando llegamos a este mundo, nuestra capacidad de percibir nuestro entorno, aunque limitada, nos permite establecer una relación con él. La información que captamos a través de nuestros sentidos hace posible que nos adaptemos al medio y aprendamos de éste.  Nuestro olfato, muy poco desarrollado al nacer, nos permite reconocer el olor de la leche materna y enseguida somos capaces de distinguir a nuestra madre de otras personas. Nuestra visión distingue solamente entre claro y oscuro, lo que la hace  capaz de percibir los contrastes, y es capaz de seguir con la mirada un estímulo que se mueve justo delante nuestro. Las voces humanas es lo que más nos atrae, junto con los sonidos rítmicos; dirigimos nuestra cabeza hacia ellos. En lo que sí somos unos expertos ni ven nacemos es en la habilidad de percibir a través del tacto el tono de otra persona, es decir, sentir si está tensa o relajada. Somos muy sensibles al contacto piel a piel.

Durante nuestro primer medio año de vida vamos adquiriendo capacidades como la de percibir la profundidad espacial y la noción de cambio de paralaje, es decir, que nos damos cuenta que cuando movemos nuestra cabeza, los objetos que vemos se mueven en sentido contrario; los cercanos lo hacen más rápido que los que están más lejos. En esta época, cada ojo nos ofrece una imagen retiniana distinta y se fusionan ambas en una única percepción; ha aparecido la disparidad binocular. Ésta es fundamental para desarrollar la visión estereoscópica, la concepción de permanencia de forma y tamaño de los objetos, a pesar de la distancia que mantengamos de ellos, y una  mayor precisión visual. A estas edades, distinguimos el tono, ritmo e intención del habla y somos capaces de reconocer la distancia a la que se encuentran los objetos según cómo percibimos su sonido. Somos también capaces de discriminar una gran variedad de elementos fonéticos y clasificarlos en categorías. La evolución del reflejo tónico-plantar nos permite sostener objetos en nuestras manos y discriminar su tamaño, temperatura, suavidad o aspereza.

Durante el segundo año de nuestra vida ya somos capaces de coordinar el movimiento de nuestras manos y pies con nuestra visión, además de sentarnos, gatear y, en algunos casos, hasta caminar. Estas nuevas habilidades nos abren la puerta a explorar los objetos a nuestro alrededor con mayor libertad; ya no hace falta llevarlos a la boca para reconocerlos. También diferenciamos cada vez más los sonidos. En esta época alcanzamos valores perceptivos muy semejantes a los de los adultos, aunque aún nos queda algo de camino por recorrer.

Entre el primer y segundo año de vida, nuestra capacidad de discriminar formas fonéticas se limitará a nuestra lengua materna. Somos capaces de recordar y reproducir ruidos y sonidos familiares y, en cualquier momento, puede hacer su aparición, como menciona René Diekstra en la emisión de Redes, La Mirada de Elsa “El desarrollo del niño”, nuestra primer palabra. A estas alturas ya distinguimos los cuatro sabores básicos (dulce, amargo, salado y agrio), los objetos gracias al tacto y nuestra capacidad de atención y memoria aumentan. Ahora podemos pasar más tiempo entretenidos con una misma actividad.

De los 3 a los 6 años nuestra vida social se ve ampliada a nuevos escenarios: escuela, amigos del barrio, actividades extra-escolares. Nuestra capacidad de atención y memoria es aún mayor y facilita aún más la exploración del entorno enriqueciendo nuestras experiencias. Podemos organizar objetos de cierta similitud en una misma categoría. Por ejemplo, reconocemos a perros y gatos como animales que pueden encontrarse en una casa. También percibimos los objetos ya no sólo por su manifestación física sino por la representación mental que hacemos de éstos. Aunque no estén presentes, podemos referirnos a ellos, imaginarlos; así nutren nuestros juegos, nuestras expresiones artísticas, como el dibujo, y enriquecen nuestro lenguaje y capacidad comunicativa. Percibimos al otro como un ser con ideas propias que a veces coinciden y otras veces no con las nuestras, hecho que también nutre nuestro proceso de aprendizaje y desarrollo perceptivo y cognitivo. Acción y percepción en una íntima relación de influencia mutua y enriquecedora.

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